A menudo me preguntan por qué insistir con el Ajedrez Jubilado en un mundo que corre tras la velocidad de las computadoras. La respuesta no está en los libros de apertura, y en el eco del Richmond, que ya no está, pero que aún nos dictan sus jugadas. Esta variante nació para despojarnos de lo superfluo. Al 'jubilar' a las piezas mayores, nos quedamos con lo esencial: el peón y el rey.
El ajedrez me enseñó la lógica y la literatura me dio la voz. Hoy, los invito a sentarse frente al tablero vacío de vanidades, donde solo quedan nuestros peones y nuestra voluntad. Con esta variante no buscamos la gloria de un gran maestro, sino la sabiduría del que sabe que, al final de la partida, la verdadera victoria es haber pensado con nobleza y haber compartido un café con un amigo.

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